BLANCO PERFECTO por Ángel Pérez
TIBET
Los todavía recientes disturbios en Tibet y su repercusión internacional han vuelto a poner de manifi
esto las debilidades de China, a saber, una estructura política poco estable y un régimen político incompatible
con los estándares internacionales en materia de derechos humanos y libertades civiles.
Los primeros efectos de la represión china en Tibet ya se han dejado sentir en los prolegómenos de
las Olimpiadas y han permitido además confrontar dos visiones contrapuestas de la nación asiática.
Por un lado la que entiende la expansión y consolidación de China en Sinkiang y Tibet como un fenómeno razonable,
inevitable, no necesariamente negativo para las poblaciones locales y comparable a la expansión en el
pasado de algunas potencias occidentales. Por otro la que entiende la ocupación como una fórmula doblemente
opresora, por su carácter colonial primero, y dictatorial después. Los sentimientos encontrados que suscita
China, animadversión a menudo y admiración en ocasiones, contribuyen a reforzar la imagen amenazante de
un coloso que por tamaño y economía está llamado a ostentar una superioridad regional evidente, aunque no
indiscutida; al tiempo que el fuerte nacionalismo que impulsa hoy a la sociedad china no deja de generar resquemores
en Occidente, donde se percibe con cautela la combinación de poder económico, dimensión territorial
y demográfi ca, poder militar y dictadura comunista. Una combinación que siempre ha dado malos resultados.
Estas circunstancias permiten destacar algunos factores inquietantes. Primero, China sigue siendo una
férrea dictadura guiada por un fuerte nacionalismo con aspiraciones; segundo, la conversión de China en gran
potencia exige necesariamente una reordenación de las relaciones de poder internacionales problemáticas,
primero en Asia, y más tarde en el resto de la sociedad internacional; tercero, la naturaleza de la economía china
lleva implícita la generación de desequilibrios globales que pueden hacer aumentar las tensiones políticas
en otros escenarios; y cuarto, la existencia de otras potencias con aspiraciones de envergadura, como India por ejemplo, generan una carrera intensa por alcanzar cotas de poder y fijar áreas de influencia de consecuencias
todavía desconocidas. Por último, la crisis tibetana ha permitido clarifi car las circunstancias reales de este
territorio, destacando la pérdida de influencia efectiva de su líder religioso, el Dalai Lama; la importancia de los
grupos de resistencia internos y la incompatibilidad creciente entre el exilio tibetano, que ha incorporado de
forma progresiva prácticas democráticas, y el régimen chino. Tibet no es Hong Kong, y la fórmula "un país, dos
sistemas", parece poco plausible y menos aun tolerable, por las partes concernidas. FAM
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